Los hijos de la chingada 2.0

Con pesar, incrédulo, perplejo, observé el video en el que un grupo de seres humanos murió en el incendio del Instituto Nacional de Migración de Ciudad Juárez, mientras unos guardias salían tranquilamente del lugar y hasta regresaban para apagar la luz. Todos lo vimos, ¿verdad? Atestiguamos la psicopática indiferencia con la que los vigilantes dejaron a los migrantes encerrados, quemarse vivos, suplicando piedad.

 Es proverbial la bonhomía -¿servilismo?- del mexicano cuando se trata de ayudar al extranjero proveniente de un país que consideramos superior (cultural o económicamente) al nuestro, cuando se trata de ayudar a la "güerita" o al "güero". Empero cuando es perentorio auxiliar a un grupo de migrantes que vienen de un país "más jodido", no somos capaces de abrir una reja para que cuarenta personas, que ni siquiera están en la cárcel, ni en un campo de concentración, ni en los hornos de Hitler, ni en una mazmorra militar, puedan salvarse.

No en la cárcel, pero sí encarcelados en la "Casa del Migrante", en un país que se convirtió en su infierno, sin trabajo, sin dinero, sin derechos, sin dignidad, sin respeto a sus vidas... 

Estos son los "hijos de la chingada (2.0)" que Octavio Paz definió en 'El laberinto de la soledad', los mexicanos sumisos y acomplejados, al mismo tiempo víctimas y victimarios, "chingones y chingados", que sólo saben hacer chingaderas: chingaderita de país, chingaderota de genocidas. 

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