Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la SEP


"Detente, sombra de mi bien esquivo, 
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo".

El primer cuarteto de este soneto de Sor Juana "atormentó" por años a millones de alumnos de Preparatoria que cursaron la materia de Literatura, Español, Taller de Lectura y Redacción, etcétera. Es un excelente poema, pleno de belleza, lirismo y recursos retóricos, entre ellos destaca la paradoja. Contrario a la lógica -o paradójicamente- la SEP ha convertido la educación en un servicio, en una mercancía o espectáculo, tal vez la sigla ahora signifique Secretaría de Espectáculos Públicos y no me había enterado. ¿Cómo lo ha hecho? Permitiéndolo. En mi última experiencia -espero que ya sea la última y no la más reciente, pues ganas no me quedaron- como "profe", cabe mencionar que impartí la materia denominada Taller de Lectura y Redacción a nivel Bachillerato, tutelada por la SEP, en la UVM, fui despedido porque en las evaluaciones de mi desempeño realizadas por los alumnos había una pregunta o aspecto a calificar que decía más o menos así: "¿Le recomendarías esta clase a un amigo?". 
    Es la clase de pregunta que le harías a tu cuate acerca de una película, una obra de teatro, un concierto, un espectáculo público en suma. La educación no es un espectáculo, ni siquiera es un servicio público, es mucho más que eso, es un derecho ciudadano, uno de nuestros derechos humanos, en palabras de la UNICEF: "la educación es un derecho básico de todos los niños, niñas y adolescentes, que les proporciona habilidades y conocimientos necesarios para desarrollarse como adultos y además les da herramientas para conocer y ejercer sus otros derechos". ¿Recomendaríamos un derecho? ¿O mejor lo promoveríamos, lo ejerceríamos?
    Las escuelas olvidan que, a pesar de que cobran mucha lana por ofrecer educación, los alumnos no son clientes y los profesores no somos empleados. Es decir, sí lo somos y al mismo tiempo no. Aquí la paradoja: clientes alumnos y empleados profesores. Los matices importan, porque los criterios para evaluar tanto el desempeño de los maestros como la calidad de la educación recibida por los estudiantes no pueden ser los mismos que los de las empresas para calificar la satisfacción de sus clientes. Uno de los argumentos que esgrimieron en la "retroalimentación" que me fue otorgada -la misma que todos los que nos hemos dedicado al magisterio conocemos y deploramos- consistió en el aburrimiento de los alumnos en mi clase, de ahí que no la recomendaran y, en consecuencia, me despidieran. Desde mi punto de vista, el veredicto no puede corresponder a esos términos aplicables a un entretenimiento público.
    Trabajar en la educación y, aunque sea de forma indirecta, para la SEP es engorroso porque el énfasis no está en la eficiencia sino en la burocracia (que bien sabemos es el arte de institucionalizar lo inútil), en la sobrecarga de trabajo disfrazada de capacitación, en la bella ilusión de que estamos haciendo nuestro invaluable aporte para heredar un país mejor preparado. Al final, resulta ser todo una dulce ficción.
    



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