Reflexiones sobre "Neblina morada", de José Falconi Oliva
Cuando terminé de leer la novela y me dispuse a escribir que la traslación de la realidad multicolor a la neblina morada -que “rockeaba” Hendrix- es tan sutil como la vida misma; cuando comprendí que la mímesis es tan involuntaria como la inserción de un virus para darle al mundo “otra causa, otro efecto y otra cuita”. Cuando llueven muebles...
La imaginería del autor, José Falconi, (junto con su imaginación) es tan desbocada como plausible. Múltiples alegorías y géneros literarios discurren ante nuestro intelecto estimulado hasta la sinestesia.
No tan distinto de nuestras vidas, caminamos sin pies, protagonizamos escenas dramáticas, discurrimos y esperamos que la Tierra (Adentro) se quede vacía, desolada e inhabitable. En la desatinada espera del apocalipsis, manifestamos nuestro patetismo, por ejemplo, viéndonos al espejo que multiplica y prolonga este “vano mundo incierto”, de acuerdo con Borges.
Incierto nuestro devenir; cierto nuestro destino. Morimos. Y tan alta vida esperamos que morimos porque no morimos, como Sor Juana. Los mundos se nos acaban todos los días: también en eso se parecen a las novelas -ya estoy, sin proponérmelo, jugando a las benditas coincidencias.
Llámense Macondo, Comala, un lugar de La Mancha o Tierra Adentro, los mundos de las novelas se quedan en la memoria colectiva, brillando todavía como estrellas que ya explotaron y esparcieron su polvo en el universo.
En Neblina morada el narrador nos encamina por una prosa impecable, variopinta, ornada de cultismos, música y caracteres marcianos, con un lenguaje que, en ocasiones, contrasta con el de los personajes, habitantes de un lugar mágico, agonizante, nebuloso, que denotan su desesperación, su orfandad existencial.
La novela es, en suma, una breve y también muy disfrutable cornucopia literaria que alude al budismo, el rock clásico, las alucinaciones, los sueños, los viajes sensoriales; queramos o no, induce nuestra mirada, nuestra reflexión, hacia un escenario -muy en boga, harto familiar- en el que alguien se sienta frente a nosotros, en nuestro confinamiento, a contarnos historias fumadas que, como dice el liliputiense, basta con sólo creer.
Rodrigo Falconi Vizcarra
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