2020, ¿el futuro?

2020, ¿el futuro? 


Siempre vi el futuro con recelo, con las reservas del caso. Era el año 2000: "¿cómo será posible que en, digamos, veinte años viajaremos en autos voladores y podremos controlar aparatos electrónicos con el timbre de nuestra voz, mientras millones de personas en casi todos los países del mundo seguirán muriendo de hambre, de inanición, de enfermedades curables? ¿De qué nos va a servir?".

    Mis expectativas futuristas nunca fueron demasiado ambiciosas. Seguramente, la ciencia y la tecnología han avanzado en este lapso; sin embargo el progreso y el rezago conviven de manera estrecha, son una dualidad.

    La línea del tiempo en el 2020 es difusa, todas las épocas convergen: podemos estar en el pasado, en el presente y en el futuro (en el sentido de una realidad utópica que aún no se manifiesta en todos lados) de acuerdo con el lugar donde nos encontremos. La cultura, la tecnología, los progresos científicos y, por supuesto, la riqueza distan mucho de ser iguales en todas partes y eso convierte al planeta en un aleph borgiano: todos los mundos posibles en uno solo.

    Es un problema, el progreso de los unos supone el atraso de los otros. La desigualdad como resultado del plan o los modelos económicos, de las corrientes de pensamiento monetario, hacen imposible el avance simultáneo, homogéneo, de todos los países, regiones, civilizaciones, pueblos o cualquier denominación que se quiera utilizar.

    El pasado y el futuro, confrontados, se han neutralizado para dar como resultado nuestro 2020, la década en que todo cambia para -esa es mi apuesta- no seguir igual.

Rodrigo Falconi Vizcarra

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